Vestimos de máscaras combinadas con explicaciones.

Esta mañana después de ir al gimnasio, fui al supermercado y mientras hacía una fila eterna, como de costumbre, estaba de afán y corriendo contra el tiempo. Escuché lo que le decía un hombre, de unos aproximadamente 70 años, a la cajera. Aquel sujeto de figura encorbada, cuya apariencia denotaba experiencia y sabiduría, le pidió a la cajera unos cigarrillos mientras ella pasaba los productos para hacerle su debida facturación.

Infiero que el señor lo dudó antes de hacer dicha solicitud. La señora de la caja sin ningún problema, salió de su puesto y se dirigió a una vitrina que se encontraba bajo llave, mientras le preguntaba qué marca iba a comprar. El señor se veía algo apenado y temeroso, ante la pregunta, sin embargo eligió los Marlboro. Cuando la cajera los pasó por el lector del código del barras, el señor comenzó a decirle que realmente no era que fumara todos los días, de hecho, máximo unas cuatro veces al mes y que lo había dejado ya que antes fumaba demasiado.

La cajera solo le respondía con unos cuantos gestos leves, con los que demostraba poco interés hacia dichas explicaciones.

Lo más interesante de la historia fue lo que significó para mi. Historias hay en todos lados y a toda hora, solo que muchas veces estamos tan ocupados, tan dispersos que no somos conscientes de las revelaciones, así las llamo yo, que pasan por nuestros sentidos. Y lo mejor de todo fue que no terminó ahí, resulta que siguió con sus explicaciones:

-Ahora que llegue a casa debo esconderlos de mi esposa, ella no sabe que fumo de vez en cuando, o sino se me forma un problema de esos que mejor dicho.

Aquel señor se fue, no sé si con la conciencia tranquila por haber aclarado la situación de su ya no tan vicio, con una mujer desconocida, que quién sabe cuándo volvería a ver y que le importaba muy poco si fumaba dos, cuatro o veinte veces al mes. Solo le interesaba facturar los productos, cobrar y llegar a su casa para lidiar con sus propias máscaras, miedos, preocupaciones y con el rol que debía ocupar una vez llegara de trabajar, sea el de esposa, hija, madre, estudiante de la noctura, emprendedora, en conclusión, cada ser humano es un océano de sentimientos, emociones, secretos, anhelos, amarguras, pensamientos y frustraciones que son difíciles de comprender y descifrar. Menos en este mundo de máscaras que vestimos a diario. Cumplimos diversos roles con los que terminamos confundidos porque ni siquiera sabemos quiénes somos en realidad. Vivimos sin mirar a nuestro alrededor, vamos como los caballos corriendo a todo galope y pasando por encima de todo lo que se nos atraviesa. No nos damos tiempo de reflexionar. Estamos tan ocupados complaciendo a las personas, al sistema y a la sociedad en general como para ocuparnos de nosotros mismos.

Muchas veces pasamos por la vida ocultando nuestra esencia, luchamos contra nuestros demonios, vicios, hábitos pero no por nosotros mismos, sino por el qué dirán de nuestra familia, amigos, pareja, colegas, compañeros y, peor aún, de gente extraña. Por esta razón, es que seguimos en una lucha sin fin, porque todo lo hacemos con el objetivo de obtener la aprobación de otros. No vivimos porque es más importante “ser aprobados” y nunca es suficiente. Aquella lucha jamás termina y así se nos va la vida.

Digamos que finalmente nos aprueban nuestros padres, ahora conocemos a alguien, nos enamoramos y necesitamos otro esfuerzo para ser aceptados y cumplir con los requerimientos de esa persona. Es aquí donde me pregunto: ¿y el concepto que tengo de mi mismo que lugar ocupa en mi lista de prioridades? aclaro que no estoy en contra de que seamos la mejor versión de nosotros mismos, de que dejemos hábitos que nos hacen daño y nos reinventemos todos los días, a mi me encanta que estemos en ese plan, pero cuando nos detenemos a pensar el por qué o, mejor dicho, el por quién lo hacemos, entendemos que nunca va a haber un cambio significativo en nuestras vidas sí vivimos en función de otros.

Aquel señor no ha dejado su vicio al tabaco porque no piensa en su salud, sino en que su esposa no lo coja con las manos en el cigarro, y como ya encontró la solución. Fumando a escondidas. Lo seguirá haciendo hasta el final de sus días.

¿Cuántas veces nos hemos detenido a pensar acerca de lo que somos, de lo nos gusta y de lo que queremos, sin máscaras de por medio y desnudos frente a nuestro reflejo?.

Damos explicaciones sin que nos las pidan, nuestra vida se ha convertido en un devenir de preocupaciones, ansiedad y decepción, porque no sabemos vivir, porque nuestra existencia se fundamenta en mantener contento a todo el mundo excepto a nosotros. ¿Que triste no? y es que no es sencillo entenderlo o identificarlo. Muchas veces aquello que nos parece absurdo o molesto como a mi me sucedió con la escena del señor, dando explicaciones a una persona que quizá nunca iba a volver a ver, es el reflejo de lo que somos.

Así nos condicionamos y vivimos sin darnos cuenta que muchos de nosotros somos o hemos sido ese señor. La hija que debe ser y hacer tal cosa, la estudiante que debe tener el primer puesto, el marido que debe llevar el sustento al hogar, la esposa que tiene el talento de convertir el caos en un paraíso, el profesional que necesita un sueldo a su nivel así tenga que sacrificar su verdadera pasión, el empleado que a todo debe decir si así le implique dejar sus sueños a un lado, la influenciadora que debe mantener su aspecto físico intacto así se vuelva esclava de la belleza, la madre que deja de ser mujer para entregarse totalmente a sus hijos. Somos todo menos nuestra esencia.

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